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Te cuento Etiopía

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Mamá, ¿me cuentas Etiopía?

La niña llegó al regazo de su madre y se acurrucó, como tantas otras veces, buscando el refugio y el calor que estaba segura de encontrar. La madre notó el peso del cuerpo de su pequeña que ya apenas cabía entre sus brazos, y le acarició el pelo. Les gustaba estar así, en el silencio del salón, sabiéndose unidas por un vínculo inquebrantable, por un amor sin fronteras.

-Mamá, ¿me cuentas Etiopía?

Abrazó a su hija adivinando sus inquietudes. Sabiendo que sus palabras llenaban un rincón escondido del alma, donde el inconsciente se une al recuerdo. Sonrió y tomó aire lentamente, mientras entornaba los ojos para recordar.

Etiopía es del color del café. Y huele a café recién hecho en yebenas, con la calma que requiere un elixir, con la misma lentitud que se toma la vida en el lugar donde todo nació. La historia de Etiopía es como la vida de una montaña, mirándola se pueden adivinar sus capas, como sustratos que delatan cada paso lento, cada avance. El café que ocupa los campos y les da color se huele en cada esquina y se saborea con paciencia, con reflexión, con frases sabias y milenarias. Tiene el color de los charcos de barro formados por las lluvias de verano; del adobe que levanta los hogares y da cobijo a su gente.

Etiopía es color rojo, como el mar que baña Eritrea, como sus tristes luchas con esa tierra vecina. Y también color naranja como la tierra seca, como el polvo y la paja que cubren a los pastores de cabras y que se te mete en el cuerpo cuando miras el paisaje desde una ventanilla abierta. Naranja como el olor del pan recién hecho, como el teff recogido en sus campos, como el mesob donde se guarda la injera que acompaña el camino y sustenta sus vidas.

Te cuento Etiopía: Mama, cuentame Etiopia

Etiopía es amarillo brillante. Porque está llena de luz. El sol inunda cada rincón con su calidez y brinda a los etíopes energía para levantarse cada día y alegría de vivir. Su alegría se esparce por el aire, por la luz, se te cuela dentro como un espíritu y, sin apenas darte cuenta, empiezas a sonreír y a celebrar la vida de una forma nueva.

Etiopía es verde también, como sus densos oasis salpicados por el paisaje, como sus selvas aún por explorar. Huele a bosques, arbustos, enredaderas. Sabe a pastos frescos, como la fresca sombra de las acacias. Y entre su verdor viven seres inimaginables, animales únicos que se funden con la naturaleza; tan cuidada y respetada desde el principio de los tiempos que apenas ha sufrido cambios.

En el corazón de Etiopía, regio, se alza el lago Tana, de donde brota la magia del Nilo Azul. Porque Etiopía tiene sangre azul. ¿Sabes? En su tierra se esconde un tesoro, bajo el manto, que muy pocos conocen, su secreto mejor guardado: el azul de sus venas es el agua que discurre esperando ver la luz.

En este mismo instante, una niña como tú, con olor a café recién hecho, con los pies cubiertos del polvo naranja del camino, se dirige bajo el sol brillante hacia el pozo del que emana el oro líquido que calma la sed. Lleva en sus manos dos garrafas que le regaló su abuelo. Ahora las garrafas no pesan, cuando regrese a casa sí pesarán. Tiene que apretar fuerte los dedos, y los dientes, para resistir. Pero va contenta, sabe que lleva un tesoro escondido.

Etiopía tiene el azul de su cielo despejado de día y el añil de la noche estrellada donde a veces, si no hay luna, cuando estiras la mano parece que la has perdido en la inmensidad del universo. Si brilla la luna plateada, el añil lo tiñe todo: los campos, las casas de adobe, los caminos de polvo, los árboles… incluso a las personas.”

-¿Y las personas mamá? ¿De qué color son las personas?

La madre mira a su hija del color del café, con las mejillas encendidas por el abrazo. Tiene el naranja de la tierra seca en sus manos y toda la luz del sol en la piel. Su hija que a veces parece añil, como la noche estrellada, y que ya se va durmiendo en su regazo.

“Las personas son del color del lugar que les vio nacer. Y por eso en Etiopía, cuando miras a una persona, ves reflejado el arcoíris.”

La niña miró a su madre, cerró los ojos… Y soñó.

 

Texto e imagen de Ana Calso

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Adanech, la niña del monte Entoto

Aquella noche no paraba de dar vueltas en la cama, estaba inquieta y no conseguía dormir. Di otra vuelta y estiré el brazo, a tientas y sin tirar nada alcancé el reloj de la mesilla de noche, eran las 2:30 de la mañana.

Decidí levantarme , cogí el despertador y me lo lleve conmigo; me fui al salón y puse música bajita, elegí “Fikir” de Aster Aweke, una de mis favoritas entre la música etíope además cada vez que la escucho siento que vuelo de nuevo a Addis. Después  alcancé un álbum de fotos de la librería y me tumbé en el sofá; era el del viaje a Etiopia en 2010 con mi marido, el viaje más especial que hemos hecho hasta ahora porque fue el comienzo de nuestra vida como padres.

Me puse a pasar paginas y a disfrutar con las fotos, allí estaba mi niña que entonces era un bebe de pocos meses, de grandes ojos que observaba con atención a su alrededor, fotos con tiernos momentos en la habitación y en el patio de nuestro hotel de Addis Abeba junto a ella, los paseos por las calles próximas al hotel Amanaya, el barullo de sus calles, el merkato, la iglesia de San Jorge, las mujeres vestidas de blanco a la salida de la iglesia con sus “shash” en la cabeza, la cena en el restaurante tradicional etíope con injera y bailes en directo,¡ que recuerdos!, y por fin las fotos del día que subí al monte Entoto.

“ Era casi de día, el sol asomaba tenuemente y yo andaba por la carretera, estaba asfaltada y era bastante empinada pues subía y subía.

Estaba sola, al andar sentía una corriente de aire fresco que me daba en la cara y era agradable. Además olía muy bien, aquel olor me gustaba y me resultaba conocido, ero un olor parecido a la menta pero más suave el que impregnaba el ambiente.

A mi espalda llevaba una pequeña mochila, en mi camino ascendente llegue hasta un pequeño claro que parecía un mirador, me acerqué y miré hacia abajo a disfrutar de la panorámica. Me rodeaban bosques de eucalipto, aquel olor era del eucalipto y bajo mis pies asomaba una extensa ciudad, distinguí algunas luces todavía, a mis pies tenía Addis Abeba.

Me senté un instante en el suelo a descansar y miré en el interior de la mochila, llevaba agua, un paquete de galletas, una toalla, unas tijeras, un pequeño botiquín y unos pañuelos de papel.

Tras un largo rato de descanso retome la marcha, estaba contenta porque aquel sitio me gustaba, es una suerte poder conocerlo en plena época de lluvias, es un paisaje verde, con unas praderas fantásticas, salpicado de pequeñas cabañas y rebaños de ovejas.

Continué andando, al poco de retomar la marcha me cruce con un grupo de mujeres que bajaban por la carretera cargadas con haces de leña a sus espaldas, con ellas bajaban una hilera de burros que también iban cargados de leña. Transportaban madera de eucalipto, el árbol por excelencia de estas montañas que suministran madera a las gentes de la zona.

Pase a su lado y les salude con un “ëndemën aderu”, saludo que ellas me devolvieron acompañado de una tímida sonrisa.

Tras un largo tiempo caminando llegué a un punto donde había algunas casas, y junto a la carretera había un puesto de venta que estaba abriendo.

Me acerque hasta allí y salude, al otro lado había una muchacha de unos diez años, muy guapa, tenia unos ojos grandes, llenos de vida y un precioso pelo rizado, me miro y me recibió con una amplia sonrisa y me preguntó si necesitaba algo porque ella vendía un poco de todo, agua, pan, conservas, verdura.

Te cuento Etiopía: monte Entoto

Le pedí un bollo de pan y le entregué un birr al tiempo que le sonreí.

Después le pregunté con timidez casi mordiéndome la lengua por si le molestaba mi pregunta que si no iba al colegio pero ella me contestó sonriéndome de nuevo que iba cuando podía, que precisamente ese día tenia que atender el puesto de su padre ya que él había bajado al merkato, y que su madre estaba en casa con algunos de sus hermanos.

Nos presentamos, me dijo que se llamaba Adanech, en amárico y tigriña significa “ ella ha rescatado”, le dije que su nombre me gustaba mucho.

Adanech era una niña muy alegre y dicharachera, tenía muchas ganas de hablar y estuve largo rato con ella y me contó muchas cosas. Me dijo que era la segunda de cinco hermanos, tres chicas y dos chicos de edades comprendidas entre los doce y los dos años; su padre bajaba a menudo a la ciudad, al merkato donde ayudaba a un comerciante y ganaba algunos birrs, con parte del dinero compraba productos para vender en su puesto del monte Entoto. Además tenían media docena de ovejas y algunas gallinas que sus dos hermanos se encargaban de llevar a pastar y de cuidar, también me conto que muy pronto tendría un nuevo hermano y que estaba muy contenta por ello.

Estuvimos mucho rato hablando, yo le hacia compañía mientras ella atendía el puesto, al cabo de un largo rato apareció un niño de unos ocho años que venia corriendo nervioso. Era su hermano Demeke, le dijo que fuera deprisa a casa porque su madre se había puesto de parto.

En ese momento, Adanech pego un salto de los nervios, cerró el puesto lo mas rápido que pudo, me ofrecí a acompañarla y ella me lo agradeció.

Enseguida llegamos a su casa, era una cabaña con paredes de adobe y el tejado estaba cubierto de una especie de paja prensada y una sustancia que parecía musgo. Junto a la entrada estaba una muchacha cocinando en un pequeño fuego. Nos vio llegar y enseguida vino corriendo y nos condujo al interior de la cabaña, era su hermana Demeckech, la mayor, de doce años.

Su casa era pequeña, junto a la puerta había una pequeña entrada que hacia las veces de despensa, a un lado tenían sus víveres apilados en unas tablas y al otro una pequeña mesa con una palangana y unas garrafas de agua, a continuación un espacio con una mesa un poco mas grande, unos taburetes y unas lonas en el suelo y al fondo la habitación.

Entramos en una habitación donde una mujer estaba acostada en la cama, el suelo era de arena, las paredes oscuras y un pequeño rayo de luz entraba por una ventana minúscula.

Era la mama de Adanech, una mujer joven de unos treinta y pocos años, sudaba y gemía por el dolor, hermosa y de mirada profunda, me acerque a ella y le agarre la mano, le seque el sudor con un pañuelo y le ofrecí el agua que saque de la mochila.

Su hija mayor con gran tranquilidad se subió a la cama y se puso frente a ella; Demeckech nos pidió a Adanech y a mi que fuéramos a por agua y trajéramos paños, salimos corriendo y volvimos casi de inmediato, el parto era casi inminente.

Su hija mayor la animaba con voz suave, transmitía tranquilidad, apenas unos minutos después una pequeña criatura asomaba la cabeza a esta vida, me temblaban las manos que casi no acertaba a sacar la toalla y las tijeras que guardaba en mi mochila. Limpie las tijeras con alcohol de mi botiquín y le mire a Demeckech, asintió con la cabeza, ella cortaría el cordón.

Ese instante fue mágico, y por fin llegó el!!!

Era un niño!!! Era chiquitito pero parecía fuerte pues nada mas nacer se puso a llorar con fuerza, su hermana lo  limpió con paños y se lo puso a su madre sobre el pecho, aquella mujer lloraba en silencio y sonreía de felicidad al alumbrar al sexto de sus hijos. En cuanto dejo de latir el cordón, Demeckech corto el cordón umbilical con decisión, limpio a su madre y hermano, cubrió al pequeño con la toalla y lo acostó de nuevo junto a su madre.

Adanech y yo regresamos al fuego a preparar un caldo caliente y nutritivo para su madre, le comenté a Adanech mi admiración por su hermana, ella me conto que su hermana lo había aprendido de su abuela que había ayudado a su madre en todos los partos, pero su abuela había muerto hacia unos meses, así que ahora le correspondía a ella asumir ese papel, era la hermana mayor.

Mientras su madre comía, Adanech acunaba a su hermanito, y yo les miraba embelesada. Cuando terminó salimos de la habitación y fuimos a la estancia principal, la casa se había llenado de gente, habían vuelto sus hermanos de llevar a pastar las ovejas y también su padre. Se sentaron junto a una mesa, unos en pequeños taburetes, los mas pequeños en el suelo y me invitaron a comer con ellos, injera y pollo, ese día era día de celebración por el nacimiento de su hermano y su padre mató un par de pollos. Tras la comida me senté en el suelo con los mas pequeños a jugar, eran muy cariñosos, saque de mi mochila las galletas que llevaba y las repartí, agradeciéndoles su hospitalidad y amabilidad.

Jugaba y reía con ellos hasta que de repente oí un fuerte “ piii piii piii” y desperté, sonaba el despertador y no conseguía apagarlo, no estaba donde siempre, me había quedado dormida en el sofá con el álbum entre mis manos, lo mire, allí estaba la cabaña del Entoto, y los niños, niños como los de mi sueño.

 

Texto e imagen de Elena Ruiz de Azua

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Hayle, Meklit y el Arca de la Alianza

Aquella mañana en la escuela estaba resultando muy diferente para Hayle y Meklit. Los dos pequeños, hermanos de 5 y 6 años, estaban totalmente absortos escuchando la historia que su profesor les estaba contando. Ellos que tantos cuentos de reyes, reinas, princesas y príncipes habían escuchado desde pequeños, no podían mas que sentirse fascinados al saber que en la historia de su propio país, de su ciudad, de su pueblo, había una leyenda arraigada en la tradición mas arcaica que les resultaba tan fascinante como cualquiera de aquellos cuentos de cuna.

Su profesor les estaba relatando la historia con la que se han sentado las bases de la iglesia Ortodoxa Etíope, la misma historia que dio pie a su libro sagrado: el Kebra Nagast. La historia de cómo el Arca de la Alianza en la que Yahvé, el Dios de los Judíos, les había ordenado guardar las Tablas de la Ley, un tesoro  mítico que por azar de la historia había llegado hasta Etiopia.

niños en clase

Aquel profesor enjuto y de mirada penetrante continuaba con su relato fascinando a los pequeños:

 “La verdadera historia del Arca de la Alianza para nuestro pueblo, comenzó con Menelik I,  hijo del amor surgido entre el Rey Salomón, Rey de los judíos y la reina Maqueda, Reina de Saba.”

Menelik, fue enviado durante su infancia con el Gran Rey Salomón, para ser educado en su corte. Pasados unos años,  Menelik  sintió la necesidad de volver a su reino, y pese a los ruegos de su padre Salomón  para que se quedase en Jerusalén, su decisión se hizo firme y, antes de partir con destino a la tierra de su madre, algunos consejeros personales le convencieron para que se llevase de Jerusalén un preciado presente, una fuente de poder místico que le haría mas sabio y grande: el Arca de la Alianza.

Menelik y sus asesores urdieron un engaño que les permitiese llevarse el Arca sin levantar sospechas. Para ello contaron con la ayuda de algunos miembros de la tribu de los Levitas, los únicos que tenían acceso al Arca por su condición de portadores de la misma. Construyeron una imitación casi perfecta del Arca original y con la ayuda de los levitas a su servicio, sustituyeron la original por la copia. Luego salieron de palacio amparados en la noche y emprendieron camino de vuelta al reino de Saba.

A los pocos días de la partida algunos Sacerdotes del Templo de Salomón se dieron cuenta del engaño, y acudieron al Gran Rey solicitando que se formase un ejército que saliese en persecución de Menelik. Pero el Rey Salomón tuvo un sueño esa misma noche, en el que Yahvé le dejaba entrever que aquella acción de su hijo Menelik era fruto de un designio divino, para proteger el arca de los desastres futuros que acechaban a Israel. Así que no hizo caso a los sacerdotes y declaro que el Arca del templo era la única y autentica Arca de la Alianza.

Menelik prosiguió su camino con destino al reino de Saba, pero en el trayecto el poder que el Arca emanaba era tan fuerte, que por respeto y miedo decidió depositarla  y esconderla en un Templo situado en el Alto Egipto. Años después los descendientes de los levitas que le acompañaban en su viaje, para protegerla de nuevo, la trasladaron a otro templo situado en la isla de Tana Cherkos, en el Lago Tana. Allí estuvo custodiada y protegida durante 800 años, hasta que el rey Ezana de Etiopía decidió trasladarla a Axum, siendo depositada finalmente en la Iglesia de Nuestra Señora de Sion, lugar donde hoy día es custodiada por un sacerdote de origen levita, la única persona  en el mundo que tiene acceso directo al Arca de la Alianza, protegiéndola con su vida, dedicado a ella en cuerpo y alma”

Hayle y Meklit tenían los ojos llenos de ilusión. Gracias a esta antigua leyenda habían descubierto que “Etiopía también era un país de gran historia y de tradiciones míticas”.

Texto de Francisco Iglesias Vega  / Imagen de ABAY.

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Te cuento Etiopía – Mamush quiere saber

Mamush acababa de cumplir once años la primera vez que viajó a Addis Abeba. Hasta entonces nunca había salido de su pequeña aldea Hadiya, aunque sabía por los abuelos que Etiopía era un país inmenso del que debía estaba orgulloso de pertenecer. Salieron antes de que amaneciera y como no tenían coche, ni bicicleta, ni siquiera burro, alcanzaron la carretera a pie. Una vez allí, esperaron a que alguien pudiera recogerlos y conducirlos a la capital.

Estuvieron tres días fuera de casa y Mamush, de contento que estaba, no pudo dormir ni un solo día bajo el cielo nocturno de Addis Abeba. Caminaron hasta agotarse por las calles del Merkato, compraron aceite de eucalipto en una pequeña tiendecita a los pies del monte Entonto y Mamush ganó varias veces a sus primos en las carreras que organizaron alrededor de la plaza Meskel. Durante esos días, Mamush se convirtió en el niño más feliz de todo el planeta.

Sin embargo, la última tarde que pasaron con los familiares de Addis Abeba, pasó algo que puso al niño pensativo y triste. Su tío, que había prosperado mucho desde que montara un humilde comercio de plata, les llevó a una cafetería en Piazza. Ellos nunca habían estado en un lugar como aquel, y cuando entraron, los ojos de Mamush crecieron y crecieron al descubrir, al fondo del local, una televisión colgada de la pared y casi tan grande como la puerta de entrada. El niño reía sin parar, emocionado y nervioso al mismo tiempo. Pensaba que cuando contara aquello a sus hermanos y amigos, no podrían creerle. Aunque era imposible entender ni una sola palabra, Mamush no podía dejar de apartar su mirada curiosa del aparato, sus ojos enormes, llenos de ilusión, abarcaban toda la pantalla. Pero de repente, su mirada llena de luz empezó a apagarse y sus párpados se inclinaron entristecidos, como queriendo escapar de su cara… Imágenes de su país, en un documental europeo, mostraban un lugar desértico, pobre, un lugar sin vida sembrado de sufrimiento. Un lugar oscuro donde los niños caminaban por las calles descalzos.

Regresó a su casa sin fuerzas y decepcionado. Cuando le preguntaron por su viaje se encogió de hombros y sentía que en su aldea, desde su regreso, todo transcurría más lentamente, como mezclado con un aire denso que impedía que la vida fluyese como antes.

Una tarde, mientras su madre preparaba injera para la cena, lo vio sentado en la entrada, con la mirada perdida y los brazos caídos, como derrotado. Preocupada se limpió las manos y en silencio se sentó al lado su hijo. Los dos permanecieron así, inmóviles, hasta que se llegó la noche. Fue entonces, cuando empezaron a encenderse las luces en el interior de las casas y a escucharse la voz de los niños después del juego, cuando Mamush le contó con horror a su madre su última tarde en la ciudad. “Mamá – le dijo- he descubierto que Etiopía no es un buen lugar para nosotros”.

La madre, que comprendía y compartía el dolor en el corazón de su hijo, se acercó a la casa y regreso junto al niño. “Quiero – le dijo- que cojas este saco vacío y que guardes en su interior una hoja de acacia por cada cosa buena que tenga nuestro país. Si antes de una semana consigues llenarlo, significará que Etiopía es un buen lugar para nosotros”.

Cuando Mamush miraba el saco de tef pensaba que era demasiado grande para llenarlo de hojas, que tardaría toda una vida en encontrar tantas razones para quedarse en Etiopía. Aún así, no quiso desobedecer a su madre y a la mañana siguiente se acercó a la acacia de la entrada y comenzó a recoger sus hojas caídas. Metió una primera hoja en el saco por la dignidad del rostro etíope, una segunda por el Arca de la Alianza, la tercera por el café y la cuarta por el Nilo Azul. Las iglesias escavadas en la roca Lalibela merecieron once hojas y otras cinco los obeliscos de Axum. Durante días la ceremonia del café, las montañas del Norte, las tribus del sur, el Nilo Azul, el Omo y el Awasa, los Parques Nacionales de Simien, Gamella y los Montes de Bale, el babuino Gelada, el Lago Tana y sus monasterios, los castillos de Gondar, la injera, el Doro Wat, el Tibs y el Berbere, el Timkat y la Batalla de Adwa, el olor a eucalipto del Entoto en temporada de lluvias, la sonrisa de los niños, la serenidad de las mujeres y la vida de las calles fueron completando la tarea de Mamush.

El niño trabajaba mañana y tarde llenando la bolsa, y cuanto más pesada era con más alegría la llevaba el niño de un lugar a otro, emocionado y muy atento para no olvidar nada fuera.

Cuando al tercer día vio que el saco estaba completamente lleno no lo pudo creer, saltó, rió y salió corriendo hacia su madre, que lo espera paciente mientras lavaba la ropa…. Dio vueltas a su alrededor gritando “ ¡lo conseguí, lo conseguí, Etiopía es un buen lugar para nosotros!”” Abrazó y besó a su madre agitadamente, y después regresó a por su saco de tef, repleto de hojas, y puñado a puñado las fue lanzando al aire mientras animaba a los otros niños a compartir con él la alegría de haber nacido en Etiopía. Las hojas de acacia volaron como pompas de jabón y alcanzaron todos los rincones de la aldea. Hombres, mujeres y niños, conmovidos por la emoción de Mamush, salieron a participar de la fiesta y juntos sumergieron sus manos en el saco de tef y arrojaron con fuerza sus puños al cielo para que las grandezas de Etiopía pudieran llegar lejos. La aldea permaneció durante horas cubierta de una cortina de hojas verdes que caían del cielo a borbotones, como el agua en temporada de lluvias.

Cuando el saco estuvo vacío los ojos de Mamush volvieron a estar repletos de vida. Sólo una pequeña hoja, aún tierna, quedó atrapada en la bolsa. Una hoja que el niño guardó en el bolsillo de su pantalón para no olvidar nunca lo que ese día había ocurrido en su pequeña aldea Hadiya al sur de Etiopía

Texto de Cristina Minguez Aguilar  – Ilustración de Anunci Marazuela

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