Viajes solidarios Abay Etiopía

Monthly Archives: febrero 2015

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Vuelos a Etiopía

Addis Walmara no es una agencia de viajes, no organiza viajes a Etiopía, no intermedia en la venta de vuelos o viajes, sólo pretende hacer fomento del turismo a Etiopía y la visita a los proyectos de Abay.

Para el viaje a Etiopía encontramos diferentes opciones de vuelos, diferentes compañías que vuelan por diferentes rutas aéreas, en esta entrada compartimos con vosotros las que conocemos y algunos datos que pueden ser de interés.

Vuela con Addis Walmara from Asociación Abay on Vimeo.

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Turismo a Etiopía “en familia”

Uno de los objetivos que tenemos en Abay es el fomento del turismo en Etiopía.

Somos conscientes de que no es lo mismo un viaje organizado a Benidorm, Eurodisney o incluso Nueva York, con toda su impecable organización y otras garantías, que un viaje a Etiopía,  no obstante ponemos sobre la mesa que también es posible y muy interesante plantear la visita a este fascinante país y hacerlo “en familia”.

Tarde o temprano  es muy posible que nuestros hijos nacidos en Etiopía tengan la inquietud de viajar al país donde nacieron ¿y porqué no hacerlo también antes acompañados de su familia?.

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Te cuento Etiopía – Mamush quiere saber

Mamush acababa de cumplir once años la primera vez que viajó a Addis Abeba. Hasta entonces nunca había salido de su pequeña aldea Hadiya, aunque sabía por los abuelos que Etiopía era un país inmenso del que debía estaba orgulloso de pertenecer. Salieron antes de que amaneciera y como no tenían coche, ni bicicleta, ni siquiera burro, alcanzaron la carretera a pie. Una vez allí, esperaron a que alguien pudiera recogerlos y conducirlos a la capital.

Estuvieron tres días fuera de casa y Mamush, de contento que estaba, no pudo dormir ni un solo día bajo el cielo nocturno de Addis Abeba. Caminaron hasta agotarse por las calles del Merkato, compraron aceite de eucalipto en una pequeña tiendecita a los pies del monte Entonto y Mamush ganó varias veces a sus primos en las carreras que organizaron alrededor de la plaza Meskel. Durante esos días, Mamush se convirtió en el niño más feliz de todo el planeta.

Sin embargo, la última tarde que pasaron con los familiares de Addis Abeba, pasó algo que puso al niño pensativo y triste. Su tío, que había prosperado mucho desde que montara un humilde comercio de plata, les llevó a una cafetería en Piazza. Ellos nunca habían estado en un lugar como aquel, y cuando entraron, los ojos de Mamush crecieron y crecieron al descubrir, al fondo del local, una televisión colgada de la pared y casi tan grande como la puerta de entrada. El niño reía sin parar, emocionado y nervioso al mismo tiempo. Pensaba que cuando contara aquello a sus hermanos y amigos, no podrían creerle. Aunque era imposible entender ni una sola palabra, Mamush no podía dejar de apartar su mirada curiosa del aparato, sus ojos enormes, llenos de ilusión, abarcaban toda la pantalla. Pero de repente, su mirada llena de luz empezó a apagarse y sus párpados se inclinaron entristecidos, como queriendo escapar de su cara… Imágenes de su país, en un documental europeo, mostraban un lugar desértico, pobre, un lugar sin vida sembrado de sufrimiento. Un lugar oscuro donde los niños caminaban por las calles descalzos.

Regresó a su casa sin fuerzas y decepcionado. Cuando le preguntaron por su viaje se encogió de hombros y sentía que en su aldea, desde su regreso, todo transcurría más lentamente, como mezclado con un aire denso que impedía que la vida fluyese como antes.

Una tarde, mientras su madre preparaba injera para la cena, lo vio sentado en la entrada, con la mirada perdida y los brazos caídos, como derrotado. Preocupada se limpió las manos y en silencio se sentó al lado su hijo. Los dos permanecieron así, inmóviles, hasta que se llegó la noche. Fue entonces, cuando empezaron a encenderse las luces en el interior de las casas y a escucharse la voz de los niños después del juego, cuando Mamush le contó con horror a su madre su última tarde en la ciudad. “Mamá – le dijo- he descubierto que Etiopía no es un buen lugar para nosotros”.

La madre, que comprendía y compartía el dolor en el corazón de su hijo, se acercó a la casa y regreso junto al niño. “Quiero – le dijo- que cojas este saco vacío y que guardes en su interior una hoja de acacia por cada cosa buena que tenga nuestro país. Si antes de una semana consigues llenarlo, significará que Etiopía es un buen lugar para nosotros”.

Cuando Mamush miraba el saco de tef pensaba que era demasiado grande para llenarlo de hojas, que tardaría toda una vida en encontrar tantas razones para quedarse en Etiopía. Aún así, no quiso desobedecer a su madre y a la mañana siguiente se acercó a la acacia de la entrada y comenzó a recoger sus hojas caídas. Metió una primera hoja en el saco por la dignidad del rostro etíope, una segunda por el Arca de la Alianza, la tercera por el café y la cuarta por el Nilo Azul. Las iglesias escavadas en la roca Lalibela merecieron once hojas y otras cinco los obeliscos de Axum. Durante días la ceremonia del café, las montañas del Norte, las tribus del sur, el Nilo Azul, el Omo y el Awasa, los Parques Nacionales de Simien, Gamella y los Montes de Bale, el babuino Gelada, el Lago Tana y sus monasterios, los castillos de Gondar, la injera, el Doro Wat, el Tibs y el Berbere, el Timkat y la Batalla de Adwa, el olor a eucalipto del Entoto en temporada de lluvias, la sonrisa de los niños, la serenidad de las mujeres y la vida de las calles fueron completando la tarea de Mamush.

El niño trabajaba mañana y tarde llenando la bolsa, y cuanto más pesada era con más alegría la llevaba el niño de un lugar a otro, emocionado y muy atento para no olvidar nada fuera.

Cuando al tercer día vio que el saco estaba completamente lleno no lo pudo creer, saltó, rió y salió corriendo hacia su madre, que lo espera paciente mientras lavaba la ropa…. Dio vueltas a su alrededor gritando “ ¡lo conseguí, lo conseguí, Etiopía es un buen lugar para nosotros!”” Abrazó y besó a su madre agitadamente, y después regresó a por su saco de tef, repleto de hojas, y puñado a puñado las fue lanzando al aire mientras animaba a los otros niños a compartir con él la alegría de haber nacido en Etiopía. Las hojas de acacia volaron como pompas de jabón y alcanzaron todos los rincones de la aldea. Hombres, mujeres y niños, conmovidos por la emoción de Mamush, salieron a participar de la fiesta y juntos sumergieron sus manos en el saco de tef y arrojaron con fuerza sus puños al cielo para que las grandezas de Etiopía pudieran llegar lejos. La aldea permaneció durante horas cubierta de una cortina de hojas verdes que caían del cielo a borbotones, como el agua en temporada de lluvias.

Cuando el saco estuvo vacío los ojos de Mamush volvieron a estar repletos de vida. Sólo una pequeña hoja, aún tierna, quedó atrapada en la bolsa. Una hoja que el niño guardó en el bolsillo de su pantalón para no olvidar nunca lo que ese día había ocurrido en su pequeña aldea Hadiya al sur de Etiopía

Texto de Cristina Minguez Aguilar  – Ilustración de Anunci Marazuela

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Te cuento Etiopía: Lucy, la primera mujer

Me llamo Lucy, bueno no, me llamarán Lucy por lo que prefiero no decir mi nombre verdadero, será con este con el que pasaré a formar parte de la historia de la humanidad.

Vivo en Hadar, en la región de Afar, Etiopía. En Afar la vida no es fácil y comer se convierte en una labor que nos ocupa todo el día. Aunque dentro de mucho tiempo, Afar será un terreno árido y polvoriento, hoy es una zona hermosa, llena de árboles y vegetación. No sé lo sucedido en el futuro, no sé si podrán mis descendientes comprobar lo hermosa que es Etiopía, pero me gusta pensar que algún día obtendrá el reconocimiento que se merece al ser la cuna del ser humano.

Vivimos en tribus y todavía no somos tan parecidos a vosotros como llegarán a serlo nuestros descendientes. Soy una mujer pequeña pero lucho a diario para que la naturaleza no pueda conmigo, para trabajar duro y para hacerme valer tanto o más que el hombre. Camino erguida y eso me ha permitido llevar una vida con la que mis tatarabuelos hubiesen soñado.

Los hombres son grandes, fuertes y admirables, pero como pasará tantas veces en el futuro, somos las mujeres las que llevamos la comida a la tribu, las que trabajamos duro, las que parimos y vemos como muchos de nuestros hijos no llegan a crecer. Las que conseguimos que la especia avance y evolucione.

Tengo 18 años y he vivido tanto… Seguro que dentro de tres millones de años podéis sonreír con esta afirmación, pero así es,  mi vida ha sido larga, dura, pero feliz.

Nací aquí, en Hadar. Mi madre era más baja de estatura de lo que yo soy ahora y no andaba tan erguida como yo lo hago, quizás, y aunque me duela decirlo, era menos inteligente que yo, pero nunca olvidaré que trabajaba de sol a sol para dar de comer a la tribu, para que yo nunca pasase hambre y tampoco mis hermanos. Mi madre murió hace tiempo, tanto que no puedo recordarlo, además de que todavía no contamos el tiempo como vosotros lo haréis dentro de millones de años.

Toda mi vida he estado en Hadar, y en Hadar moriré junto a mi familia. He tenido tres hijos y dos hijas. Ahora casi todos son integrantes activos de la tribu y trabajan junto al resto, pero hubo un tiempo que tuve que cuidar de ellos, que buscarles comida y procurar que estuvieran sanos.

Hoy ya soy vieja y he conseguido recogiendo frutos de los árboles y enfrentándome a todo tipo de criaturas y  a algunos de nosotros, que sobrevivan dos de mis hijos y una hija, por lo que puedo considerarme una mujer afortunada.

Duermo en los árboles, no podéis imaginar el placer de sentirse seguro en una rama y ver las estrellas infinitas mientras oyes los ruidos de las noches. Así, noche tras noche, consigo dormirme muy rápido. A veces, me da pena no poder disfrutar más de los hermosos cielos estrellados etíopes, pero estoy tan cansada.

Pero, sin duda, lo mejor de dormir en los árboles es despertarse. En cuanto el primer rayo de luz asoma, abro los ojos y contemplar la hermosa sabana es indescriptible. El intenso verdor, los animales salvajes, la tribu comenzando a moverse al ritmo del sol, me hacen sentirme libre.

Las mañanas me encantan. Bajar de los árboles y caminar hasta el agua es mi actividad favorita del día. Camino, me gusta sentir la tierra bajo mis pies, hasta llegar al agua fresca donde bebo hasta que no cabe en mi estomago nada más. Me gusta mirarme en el agua cristalina, verme con mis propios ojos, un milagro de la naturaleza que tan sólo nos permite el agua. Así, puedo ver mi cara pequeña y peluda, si no, no sabría cómo soy.

Lucy, la primera mujer - Te cuento Etiopía

Foto de www.sciencefriday.com

Cuando camino de un lado para otro, todo el día, buscando frutos que llevarme a la boca y que llevar más tarde a la tribu, me siento orgullosa de mi misma. No sé como hacían mis antepasados para vivir todo el día en los árboles y no poder disfrutar del placer de caminar.

Yo me quejo de mi vida muchas veces al día, de lo sacrificado que es vivir únicamente para sobrevivir, para ver una noche estrellada más, para ver la inmensa Etiopía al despertar, pero soy afortunada, frente a mis antepasados vivo una vida cómoda, quizás no tanto como la que llevéis en el futuro , pero cómoda al fin y al cabo.

Tras refrescarme con el agua, empiezo mi jornada diaria. Camino y camino durante horas para encontrar árboles que contengan dulces frutos. Trepo en todos los que sospecho que puedo encontrar frutos con azucares. Están riquísimos y te hacen sentir fuerte, pero muchos días no encuentro ninguno, depende  también de las lluvias.

Soy paciente y en tiempo de sequía puedo dedicar muchas horas a buscar los mejores manjares, pero cuando empiezo a estar cansada, y a medida que envejezco esto es antes, acabo rindiéndome a la comida por supervivencia. En la tribu podemos pasarnos días comiendo semillas, raíces, tubérculos o cortezas, su sabor no es muy bueno pero llenan. Lo peor son los más pequeños, reclaman la fruta dulce con más insistencia y nos las recuerdan a todos provocando un pinchazo en el estómago al imaginar su sabor.

Algún día crecerán y verán cómo no siempre es fácil conseguir comida rica y que lo importante es crecer. Lo verán, lo sentirán en cada miembro de su familia que pierdan, en cada hermano que no llegue a adulto, en cada hijo que no supere los primeros años.

La vida hace tres millones de años no era fácil, os lo aseguro, pero pude conocer una tierra hermosa, fértil, en la que cada estrella te hacía un guiño, cada hoja te susurraba, cada paso en la tierra húmeda te hacía sentir importante.

Dentro de pocos años moriré, pero voy a dejar mi huella en esta tierra llena de vida que algún día llamareis Etiopía.  Voy a formar parte de la historia, voy a ser mundialmente conocida, sin saberlo, ni mucho menos pretenderlo ya que mis restos quedarán para siempre aquí.

Sé que no se hablará de mi como de otras mujeres que no se sabe si existieron, las que dicen que fueron las primeras, una dirán que se llama Eva y, lo más increíble,  que nació de la costilla de un hombre y que será expulsada del paraíso por comer una fruta dulce, ¿por qué no iba a hacerlo?, y la otra que se llama Lilith, y creo que esta no nace de ninguna costilla y que no es expulsada de ningún sitio porque se fue ella sola al no querer que nadie le prohibiera nada.

Tardarán mucho en hablar de Lucy. En general solo los estudiosos del ser humano sabrán de mi existencia pero yo sí he sido real. Yo sí he sido de las primeras mujeres y me enfrento al igual que los hombres a mi entorno, con mi metro diez y mis escasos treinta kilos.

Soy la primera mujer en hacer historia, la primera en negarse a abandonar Etiopía. Mis huesos quedarán por siempre en Hadar, la tierra verde de Afar que me vio nacer y me verá morir. Durante más de tres millones de años, no podré caminar pero seguiré sintiendo la tierra fresca y húmeda, seguiré viendo los cielos estrellados de Etiopía, oyendo los ruidos de la noche y sintiendo el caer de las hojas.

La vida ha sido dura pero me moriré con la tranquilidad de saber que viví en Hadar, en la tierra más hermosa, y que seguiré aquí por muchos años.

Me llamarán Lucy y yo sí fui la primera mujer.

 

Texto de Ainhoa Valdearcos Usón

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Te cuento Etiopía: Enseñanza a la sombra de una acacia

Mi padre era un superviviente  de la tribu Afar que no pudo aguantar  el sol ardiente del Sahel y vino  a formar el hijo  de amor en las fuentes del Awash, dijo el maestro a los alumnos de la tribu somalí  que le escuchaban con mucha atención<strong> a la sombra de la acacia</strong>.

Recuerdo a mi  padre masticar el khat a la puerta de mi ari  a la vez que ordeñaba las cabras. Entre su historia y el llanto construyó un hogar de luz y amor en el que  fui dichoso compartiendo juegos con mis hermanos y con mis primos. Hasta llegar aquí a vuestras tierras de colores, casi sin motivo como los vientos débiles,   aprendí los idiomas universales y conservo el cansancio del largo viaje. <strong>Nuestra escuela al aire libre con la pizarra sujeta al tronco de la acacia  es la más universal de todas</strong> y vosotros, niños y niñas de la tribu somalí,  sois mis alumnos predilectos, los que escuchan ulular  la lechuza del adivino, los guardianes de las estrellas,  los niños nómadas que viven los soles y su exilio con un candil de aceite en el interior del  pecho,  prosiguió el maestro.  Os quiero dar la última lección antes de que vuestros padres levanten el campamento para marchar a  la fiesta del Año Nuevo solar al encuentro de vuestros parientes y de vuestras canciones.

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Algún día, si acertáis a caminar hasta la ciudad de Harar,  os sorprenderá ver escuelas  en edificios de nueva construcción, dijo el maestro, -debéis saber que esos  alumnos no atraviesan descalzos los campos de luz, ni escuchan los silencios  en las noches de las golondrinas; vosotros compartís  la luna de bronce sobre las tiendas beduinas, vivís los alumbramientos de las gacelas y los camellos y camináis invariablemente<strong> en busca de la libertad del viento</strong> que dominan todos los hombres y mujeres de vuestra tribu; muy poco importa el vestuario, las largas distancias en autobús escolar, ni los bollitos del recreo, comparado  con el tiempo que os dispensan vuestros padres, vuestros abuelos, vuestros primos y, en general, toda  la tribu. Recordad, dijo el  maestro,  que en los ojos del niño prende la llama y en los ojos del viejo resplandece la luz, y que  el mal entra como una astilla y se agranda como una acacia, decid  siempre la verdad para que la suerte os acompañe.

Vuestras tierras son generosas, la estación de lluvias nutre holgadamente vuestro ganado, abunda el teff, la injera  y las  fiestas de Tej, observad  la naturaleza y guiaros por ella. En las tardes de julio mi padre me enseñó el Corán en el árbol de la acacia, cantó una Aleya  bajo una nube de lilas y una ráfaga de viento  me enseño que la luz de las estrellas, el perfil de las nubes y la vaguedad  del polvo son una misma flor. Agitaros como una ola y arrojad muchas flores al río para cruzarlo.
Por último, <strong>no olvidéis vuestro nombre, no olvidéis el nombre de vuestro padre y el de vuestra madre, el nombre de las plantas y la historia de los árboles de Etiopía</strong>.

Los niños y las niñas de la tribu nómada Somalí, emocionados,  se despidieron del maestro y marcharon de regreso al poblado. La bella gacela apareció en el margen del camino mordisqueando los contornos de la cala etíope y las margaritas silvestres.

Texto de Fernando Medrano.

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