Viajes solidarios Abay Etiopía

la huella de Abay

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La huella de Abay

Hoy comenzamos una nueva sección. Esta vez no van a ser los canguritos, ni los deportistas, ni las niñas de Violeta, ni los chavales del EBA…
Queremos que conozcáis a los diferentes voluntarios que se cruzan con Abay. Como en todas las cosas de la vida, unos vienen para quedarse y hacen de Abay una parte de la familia; otros van de paso; otros aparecen y desaparecen como el Guadiana… Porque así es Abay, cada uno hace lo que puede…
Pero todos los que de una forma u otra se cruzan con nosotros coinciden en algo. ABAY, sus proyectos y sus gentes de Walmara, dejan huella. Ya nada es igual una vez que pisas esa Tierra, o simplemente sueñas con pisarla.
Aquí os iremos dejando un trocito del alma, del corazón; de nuestros voluntarios.

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El camino a la escuela

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El músico valenciano Jesús Sáez, miembro de bandas como Polar, Llum o The Standby Connection, ha estado recientemente en Walmara, un distrito de Etiopía, donde ha alternado sus labores musicales con tareas como cooperante para la ONG Abay y aportando su experiencia como docente. Le hemos pedido que nos cuente cómo fue y este ha sido el resultado.

A veces te embarcas en travesías que no sabes muy bien porqué decides afrontarlas. Simplemente sabes que ese es el camino que debes tomar. Tampoco tienes muy claro cual es el destino, siquiera si te agradará lo que te encuentres al final. Da igual, cada uno de los pasos necesarios para superarla debe tocar tierra, lo importante es que nuestra suela rasque la arena, aunque acabe pelada, con el pie desnudo. Llegado el destino, lo entiendes. Por primera vez hay un cruce. Una elección. Una oportunidad. Y a partir del siguiente paso, nada volverá a ser igual.

Gaba Kemisa es una pequeña aldea situada al suroeste de Addis Abeba (Etiopía), dentro del distrito de Walmara. Cuando entré en ella me sentí como en casa: la madre tierra, en toda su pureza, extendía pletórica campos de trigo y tef (un cereal que supone la principal plantación de todo el país). Una camino de piedra y tierra partía por la mitad un desfile de tukules de los que salían niños corriendo con sonrisas luminosas como lunas crecientes. Parece que has llegado al paraíso. Una planicie llena de brillo y color por la recién terminada temporada de lluvias (ya no vuelve a caer gota hasta junio) elevada a casi 2.000 metros de altura. La vista puede desplegarse libremente. No hay obstáculos. Apenas hay solemnes acacias que dan cierto aire majestuoso a un paisaje terriblemente hermoso en su humildad. Por la noche, desde dentro del tukul hecho a base de adobe y ramas que nos sirve de Alojamiento, dentro del Centro Abay que hay en la aldea, se pueden oír los grillos, los insectos, los perros y las hienas, como si respiraran con su aliento detrás de tu oreja. Son los ruidos del silencio de Gaba.

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Allí se hace el horario de las gallinas. No hay luz, ni agua, así que no hay otra opción. El sol inunda el tukul a las seis de la mañana y te avisa de que ya toca. Asomas un ojo por la ventana y ves ya un desfile de niños corriendo con una agilidad llena de delicadeza y elegancia, regada con brío y energía. Pasan tan rápido que casi creo que es un espejismo. Salgo del tukul y me encuentro justo con la puerta de la escuela, y una fila de gente esperando para coger agua del pozo. Con ese pozo empezó prácticamente todo. Allí los niños, hace apenas ocho años, cuando Abay comenzó a actuar en Gaba Kemisa, se dedicaban a hacer kilómetros con una garrafa a cuestas, buscando agua para su casa. Lo primero que Paco Carrión (presidente de la ONGd) y compañía buscaron fue pues un pozo, una fuente que les pudiera abastecer, y fueron a encontrarla en la puerta de la escuela. El azar juega sus cartas: todo el mundo puede ir a coger agua al pozo, con la condición de que los niños en edad de escolarizar vayan a la escuela de Bacho, de la que es responsable el gobierno etíope. En Abay lo tienen claro, la educación es el camino. Y los etíopes también, pero a veces la oportunidad de estudiar no es siquiera una posibilidad. A veces no hay fuerza ni manera de recorrer los kilómetros que separan sus tukules de la escuela. Esa naturaleza que me daba la bienvenida me recuerda de golpe que entre su belleza esconde vida y muerte, suavidad y crudeza, un equilibrio sin cortapisas ni consideraciones.

A las siete y media de la mañana, cuando las madres salen del centro Abay tras sus clases de alfabetización, comienzan a aparecer los grupos de niños de entre tres y cinco años, agarrados fuertemente de la mano, tres o cuatro cogidos de cada puño, solos, con cierta cara de susto agudizada por la suciedad y las moscas, a pesar de que realizan justo los mismos kilómetros cada día. Algunos cuatro o cinco. Otros más. Todavía queda más de una hora para que entren a clase, pero aprovechan para jugar en el patio del Centro Abay. Dentro están las aulas canguro, donde están los niños de tres, cuatro, cinco y seis años respectivamente, la cocina, los almacenes y las casas donde duermen algunos profesores y los voluntarios. La parte de atrás, la escuela para los niños pastores, y las clases de refuerzo, funciona sobre todo por la tardes. Es un momento perfecto para poder comenzar a interactuar con ellos. Pero son ellos quienes lo hacen contigo. Se tiran encima. Te cogen la mano. Algunos incluso te acarician. Te piden que les hagas fotos. Se las merecen. Su belleza te desmonta. Probablemente el pueblo etíope sea el más bello del mundo. Juegan a todo lo que les plantees. Resulta bizarro pero tremendamente divertido ver a veinte niños etíopes jugando al corro de la patata, cuando no saben ni lo que les cantas. Sobre todo para ellos.

Abay03Aparecen las profesoras con barreños de agua, los niños se ponen en perfectas filas delante de las puertas de sus respectivas clases, y uno a uno, se limpian concienzudamente los pies, las piernas, brazos y manos, cabeza… Entran a clase y se desnudan, dejan colgada en la percha con su nombre la ropa que traen de casa y se ponen el uniforme. Hay un silencio casi marcial. Se colocan en sus asientos, mientras esperan que vayan llegando el resto de compañeros. Limpios y aseados, aguardan a que la profesora les sirva un té y un bollo frito, una especie de buñuelo ultradenso que bien podría servir para rebozarlo en azúcar o para rellenarlo con un trozo de morcilla. Ni una cosa ni la otra. En cuanto todos tienen su comida encima del pupitre, uno se levanta y se coloca delante de la clase. Cantan una canción religiosa (el 50% de la población etíope es católica ortodoxa) con una energía radiante, de espíritu tribal, cadencia militar pero con una vitalidad desbordante. Uno de mis objetivos de este viaje, más allá de la labor cooperativa, era recoger una serie de grabaciones de canciones tradicionales con un doble objetivo: proveer de repertorio al coro de un colegio valenciano que realiza actividades de concienciación y contacto con la cultura etíope, y alimentar mi inacabable hambre de influencias musicales. Acaba la canción, una exuberante demostración de energía, la profesora hace un gesto y comienzan a pellizcar el bollo, mojándolo en el té. El silencio sepulcral se adueña del espacio tras la demostración. La situación, sencilla, cotidiana, nos supera a mí y a Eva, mi mujer, en cierto modo culpable de que me haya embarcado en esta aventura. Nos miramos con lágrimas en los ojos.

Abay05En el descanso nos van a cantar algunas canciones para que las grabemos para el archivo mencionado. Decido devolver el regalo con unas pequeño concierto improvisado. Público altamente respetuoso. Un tema de “Marieta Ganduleta”, uno de “Limelight” y una versión de Elvis Presley. La rítmica del rock’n roll les descoloca. Les da igual: que aparezcas allí y les ofrezcas cualquier cosa para ellos es un regalo. Cuando le planteé con prudencia a Boja, el etíope que coordina el centro, si podía entrar a clase, me respondió de esa manera, dándonos carta blanca. Una maestra gruesa pero rebosante de energía lo pasa en grande y contagia a todos los niños. Y ese día salgo con un mote: “Salata” o lo que, según me dijeron, en Oromo quiere decir “Hombre grande y calvo”. Creo que tengo el nombre de una canción. O de un disco. O algo.

Durante los primeros días tenemos diversas tareas planeadas. Visitar algunos tukules de las familias que están dentro de los proyectos de apadrinamiento familiar e infantil, para ver las razones por las que los niños no han podido acudir a clase: tuberculosis, desnutrición, parásitos intestinales o simplemente cuidar de las vacas o de los hermanos pequeños, porque los padres se han tenido que marchar. Pintar el patio del bloque de la escuela de los niños pastos, y llenarlo de juegos de exterior que le den colorido y viveza. Plantear una serie de actividades con todos los grupos de las aulas canguro, esos regalos de los que hablamos antes y que tantas sonrisas nos han ofrecido. Organizar unas clases de refuerzo para los alumnos de 8º grado de la escuela de Bacho, para prepararles para el proyecto de apadrinamiento de alumnos de Secundaria, que es el que hemos preparado durante los últimos meses Eva y yo, y la razón principal de nuestro viaje. Y por supuesto, una actuación musical completa, exclusiva para los niños de la escuela pastor, como premio por haber acudido a la escuela durante todo el año anterior.

Abay04El patio se llena, ha venido toda la aldea. Boja y Adugna sacan de allí a prácticamente todos los habitantes del kebele y tan solo dejan a los niños. Es su regalo y les pertenece solo a ellos. Actúo y exagero mucho las canciones y la historia de “Marieta Ganduleta”, que traduce al Oromo nuestro querido Firaol, facilitando que los niños se acerquen a nuestro cuento, que aderezamos con marionetas y bailes. Lo pasamos en grande. Algunos nos dicen incluso estar impresionados, no esperaban algo así. Nosotros tampoco. Fue tan inesperado que resulta difícil explicarlo con palabras.

Al día siguiente Eva y yo nos separamos del grupo: debemos ir a Holeta, la capital del distrito de Walmara. Allí es donde se encuentra el instituto en el que los 24 alumnos elegidos por un comité local podrán estudiar secundaria gracias a la aportación de unos padrinos que permiten que se puedan pagar un alojamiento. Recorremos los 18 kms que separan Gaba Kemisa de Holeta en un gari, es decir, un carro de caballos. La ciudad es otra cosa. Más agresiva. Siempre alerta. El crudo paraíso deja paso a la “civilización”. Chabolas y más chabolas se extienden a lo largo de cuatro kilómetros asfaltados. Un caballo ahoga su enfermedad en medio del tráfico. El bullicio y el caos tienen algo de encanto, pero anuncian una noche que parece querer aprovecharse del día.

Abay06Nos reunimos con los chavales, para explicarles el proyecto y conocer sus necesidades. Firaol nos ayuda pero la reunión es complicada. Si hay algo que aprendes claramente cuando llevas a cabo actividades de cooperación es que la caridad es la muerte de un pueblo. Esa superioridad que se siente al entregarle un trozo de pan al que no tiene es un castigo (a no ser que sea una cuestión de vida o muerte). Como la falsa esperanza de Mr. Marshall, como un padre sobreprotector que prefiere llevar en brazo a su hijo para que no se caiga, acostumbrar a un pueblo a recibir por obra y gracia del hombre blanco aquello que necesita es condenarle al ostracismo. El camino lo deben realizar ellos, nosotros solo estamos allí para ayudar, pero los pasos deben ser suyos. El destino, incierto, pero suyo… Los fantasmas planean al principio de la reunión, pero poco a poco la realidad se impone. Solo comen una vez al día, y su único sustento es el pan. Los alquileres han subido, lo que hace que el dinero proporcionado no resulte suficiente, y han tenido que alojarse por pares en habitaciones de barro y cañas de poco más de cuatro metros cuadrados, sin ventanas ni agua. Alguno tiene suerte y puede disfrutar de algo parecido a un escritorio. No tienen ropa para las clases de deporte. Visitamos algunas de sus habitaciones, buscamos otras opciones, pero no las hay. Al menos de momento.

La reunión con el director del instituto, que curiosamente se llama Abay, nos confirma la paupérrima situación que también sufre el centro educativo. El ratio de las aulas es de 96 alumnos, por los que en los pupitres dobles se deben sentar cinco alumnos. A veces hay que salir de las aulas por la amenaza de la asfixia. Más de 4000 alumnos para cuatro cursos, que se estudian en dos turnos. Los edificios son del año 1936. En el patio, vemos solo una portería de fútbol formada por tres troncos. Nos extraña no ver la otra. Escondida por las hierbas y el follaje encontramos al fondo la otra. La realidad se impone. Queremos ofrecer oportunidades, presentar soluciones. De momento no aparecen, pero se lo prometemos, lucharemos.

Paco llega a Holeta desde Addis después de estar varios días dedicados casi exclusivamente a papeleos. Se impone la sensación de que hace falta tener una persona permanentemente en Addis y otra en Gaba. Pero no será así. Si hay algo que nos atrajo a Abay cuando la conocimos, y lo que nos ha llevado a sumarnos en ellos en numerosas historias, es su principio de funcionamiento. Una transparencia absoluta, y la máxima de que ningún “farengi” (como llaman los etíopes a los extranjeros) cobre por su trabajo. El dinero se invierte íntegramente en Etiopía. Nada se queda aquí. Los contratados son todos del país y viven allí. A veces resulta tremendamente difícil trabajar de esta manera ya que el choque de culturas hace que el trabajo diario y el funcionamiento resulte por momentos complejo, incluso a veces exasperante. Pero ya lo dijimos antes, es su camino, deben trazarlo ellos, Abay solo pone una estructura sobre la que despegar, pero son los etíopes quienes deben hacer que funcione, día tras día.Abay07

Volvemos a Gaba. Regresa la sensación de que aquel lugar es especial. Volvemos a atravesar las puertas del paraíso, un paraíso con unas reglas contundentes e implacables. Pero apenas nos quedan horas, al día siguiente debemos partir a Addis, donde visitaremos la casa ISA, otro de los proyectos de la ONG en el que la mujer tiene todo el protagonismo, y donde recogeremos a Shasho, un niño de 15 años con problemas cardíacos que será operado en Sevilla. Pero antes quiero despedirme de los niños. Cada uno llevamos unos cuantos en el corazón. Es imposible no enamorarse de ellos. Debes ser un hueso seco para conseguir evitarlo. Es sábado y algunos están en sus kebeles, a varios kilómetros de distancia. Siento una gran desazón, y me quedo prendado de la sensación de que aún me han quedado un montón de cosas por hacer.

Addis es el caos absoluto. Un tráfico insufrible. Niños peleándose en las medianas por trozos de pegamento. La luz eléctrica se va sorpresivamente a las 6 de la tarde y no regresará hasta que lleguemos al aeropuerto. Por la mañana había comprado unos cuantos discos de música tradicional y de cantantes etíopes de los sesenta y los setenta. El bullicio del barrio en el que esta la casa EBA y estos discos es de lo poco que puede sacar de aquella ciudad que empieza a mostrar indicios de colonización de una manera tan abrupta y contrastada, que casi parece una perversión.

En el camino de regreso me preguntaba porque había ido allí. Simplemente como ejercicio de introspección. Con la vida soy un tragón, no puedo decir que no a una experiencia que me ayude a desplegar otra esquina de esa servilleta arrugada que son los días. Y a veces sabes que hay experiencias que no tienen vuelta atrás, hay arrugas que no se pueden volver a doblar y dejarlas como estaban. Y lo sospechaba. Hay cosas que se saben, pero que no las conoces hasta que las vives.

Hasta ahora, dejar un trozo de mí en un sitio, era dejar mis recuerdos, parte de ese tiempo que forma parte indeleble de lo que soy hoy. Pero ahora sí hay un trozo de mí que se ha separado, se ha desgarrado y se ha quedado allí, en Gaba Kemisa. Miro el reloj y sé perfectamente lo que Boja, Adugna, Asterr o Gamachu, están haciendo allí. Mi cabeza lo recrea con una exactitud tan clara que casi parece que estuviera ocurriendo de verdad. “In Real Time”, como reza uno de los proyectos de Abay y que ha acabado siendo el lema que identifica a sus miembros. Paco ya me lo advirtió. Estás aquí, pero realmente, estás allí. Para siempre.

Publicado en verlanga.com

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Sara y Sergio, voluntariado y cantera Abay

Pisar suelo etíope produce una mezcla de sensaciones inesperadas. Difícil predecir lo que podemos llegar a sentir al bajar de un avión pero fácil recordar una vez sucede. Emoción y entusiasmo son dos adjetivos que pueden acercarse a la definición de ese momento.

Entusiasmo porque viajar de cooperante con Abay no es una experiencia cualquiera. Os contamos el por qué: ABAY es una ONG que apuesta por los jóvenes. Nos lo hace fácil. Es una maravilla completar cualquier tipo de trámite previo a la estancia de voluntariado cuando te sientes querido y notas constantemente que aquello por lo que viajas tiene un sentido.

Enorgullece saber que esos días serán un pequeño camino a andar dentro de un largo viaje en marcha desde hace ya algunos años.

El completo sentido previo al viaje lo pone el magnífico grupo de trabajo que forman en cada proyecto que la ONG tiene en marcha. Creemos que para completar un voluntariado de éxito, es esencial introducirte en previamente en aquello en lo que quieres aportar, empaparte de la información de todo lo que lleva a cabo la ONG con la que colabores y le pongas idea y nombre a todo aquello en lo que estás dispuesto a trabajar sobre el terreno. Pues bien, por eso afirmamos que Abay lo pone fácil, porque la facilidad que el grupo humano que lo compone tiene para conseguir todo ello es espectacular.

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Emoción porque, retomando esas sensaciones producidas al bajar del avión, pueden llegar a ser contradictorio los pensamientos que afloran. También por lo difícil que es saber como serán los días posteriores en un entorno tan diferente, donde la sociedad en la que vivimos dista muchísimo de la que acabamos de llegar.

Son muchas las cosas positivas de colaborar con una ONG que desarrolla proyectos en una determinada zona. ¿Lo mejor? Nosotros nos quedamos con el lujo que vivimos al poder interactuar con los habitantes de Gaba, con las maestras, con los peques inmersos en el programa de apadrinamientos y con sus familias, con los y las huéspedes de la casa ISA de Addis Abeba, con los deportistas de las escuelas deportivas, con los pequeños canguritos…

Abay consigue penetrar muy dentro del voluntario. Ahora, cada vez que ayudemos en eventos solidarios como por ejemplo la carrera anual In Real Time, podremos imaginar el ambiente de allí, el clima, las personas… Ahora, cada vez que leamos las novedades de los proyectos, podremos poner rostro a los beneficiarios. Porque poner cara y ojos a lo que se hace es fundamental para trabajar con mas ahínco y motivación.

SARA

Si, todos estamos de acuerdo en que la situación en muchas partes del mundo puede mejorar y nos gustaría cambiarlo. Para favorecer el cambio hay que ponerse en marcha, es esencial aportar nuestro granito de arena sea en el lugar sea. Abay es la unión de muchos granitos de arena que están consiguiendo que una comunidad con el nivel socioeconómico más bajo que existe, tenga nuevas y muy buenas oportunidades para mejorar de forma considerable.

A nosotros, Abay nos ha dado la oportunidad de formar parte de un proyecto de cambio. Un proyecto que con acciones de actuación muy concretas, consigue mejorar el día a día la vida de muchas personas. Los 15 días en Etiopía nos han ayudado a darnos cuenta de que es necesario abrir siempre mente y ojos, a valorar y a querer todo lo que tenemos de una forma más intensa. Es nuestro primer (Sara) y segundo viaje (Sergio) a Etiopía, pero ya podemos asegurar que no será el último.

Animamos a los indecisos en general y a los jóvenes formados y/o en proceso de formación en particular, a llevar a cabo un viaje así, donde tendréis la posibilidad de encontraros y de encontrar a estupendas personas en vuestro camino. Estamos convencidos de que hay siempre un trabajo, proyecto o campo en el que cada uno de nosotros tiene un perfil para poder aportar.

Sara y Sergio

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La mirada de Kalabessa

Cuando aterrizas en Etiopía, recién llegado de un largo viaje de varias horas, y sales con tu equipaje del Aeropuerto con la satisfacción de no haber perdido nada por el camino, hay muchas cosas que te impresionan y te llaman la atención. Y una de ellas es la mirada que descubres en la gente, que no para de observarte. Sus ojos oscuros y profundos te miran con una mezcla de curiosidad y cordialidad, desde la recepcionista del hotel, los niños que te cruzas en la calle, los comerciantes de los puestos callejeros … todos ellos tienen algo en sus ojos que te transmiten sensaciones diferentes.

Pero esta sensación se hace más auténtica cuando, tras el tiempo pasado en la bulliciosa Addis, recabas en Walmara. Por fin ya en tu destino, la mirada con la que te reciben todos aquellos que has conocido en tus últimos viajes hace sentirte que estás de nuevo en casa.

Nuestro último viaje allí ha sido diferente al del verano pasado. Este año hemos tenido la oportunidad de conocer más de cerca la forma de vida de las gentes de Walmara y hemos disfrutado de los paisajes y parajes que están presentes en su día a día. En nuestras excursiones a Dilu y Hidi, y en nuestros paseos por Gaba Kemisa nos hemos visto rodeados constantemente de niños y mayores que nos acompañaban en nuestro caminar y nos miraban con esos ojos profundos llenos de simpatía, calor y curiosidad.

La comunicación en muchos casos era difícil por las dificultades del idioma, pero en realidad todo nos lo decían con sus profundos ojos oscuros.

Pero de todas las miradas que allí nos encontramos yo me quedo con la mirada de Kalabessa.

Kalabessa es un niño de 14 años de Gaba Kemissa que te mira directamente con el corazón.

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Es hijo de Abarras, la cocinera que trabaja en el Centro Abay. Tanto ella como su hijo pasan diariamente largas jornadas allí, ella haciendo la comida a los niños de las aulas canguro que acuden todos los días al Centro, alrededor de 100 niños, y él ayudando y colaborando en todo lo que puede. Abarras también se ocupa de la comida y el desayuno de los voluntarios, y ambos, con su carácter cariñoso y acogedor, hacen que nuestro paso por Walmara sea mucho más agradable.

Kalabessa mira directamente con el corazón. Es un muchacho dispuesto, aplicado, amable y tan interesado en aprender que no se pierde ninguna de las actividades que se organizan en el Centro. Participa en el club de atletismo, en el equipo de fútbol, en los talleres de música y no pierde ocasión de entablar conversación con cualquiera de los voluntarios que allí nos encontramos ¡En esta última ocasión incluso nos sorprendió chapurreando unas palabras de español! Se esfuerza por mostrarte y contarte cosas de su tierra y de su país, y cuando tiene que leer y escribir descubres el gran tesón que pone en esta tarea a pesar de la dificultad que ello le supone. En la escuela es un alumno aplicado; en los talleres de música que hemos dado en verano era el primero en salir voluntario a tocar los instrumentos, en coger el Kebero y ponerse a cantar y a bailar con el resto del grupo, en aprender a leer las partituras… Pero no podemos olvidar que cualquier actividad supone un gran reto para él, le exige más esfuerzo que a los demás, porque Kalabessa tiene una enfermedad en la vista, sufre una minusvalía en los ojos que le impide casi ver. Y sin embargo, ello no le impide implicarse y participar, su gran entusiasmo y voluntad suple cualquier dificultad. Por eso Kalabessa te mira directamente con el corazón, porque aunque no te ve con claridad, su mirada sale de su interior más profundo y descubres en ella cariño, amistad, tesón, ilusión, esfuerzo y una lista inacabable de cualidades que consiguen emocionarte y transmitirte algo especial.

Durante nuestra estancia en el mes de agosto, le llevamos unas gafas que le habían hecho en un centro oftalmológico de Addis al que había acudido con el personal de Abay. Gracias al Proyecto Infancia Solidaria en Addis, niños con enfermedades que necesitan algún tipo de tratamiento especial o cirugía pueden acudir a la casa que ha abierto Abay y así recibir allí su tratamiento. Kalabessa ha sido uno de esos niños. Sus gafas le mejoran en cierta medida la visión, pero lamentablemente su pronóstico no es nada bueno y en el futuro necesitará permanentemente de tratamiento médico y posiblemente se quede ciego del todo. Desde Abay se le quiere mandar a un centro especializado para niños ciegos en Baco, para que aprenda Braille y esté preparado por si en el futuro pierde totalmente la visión. Uno de los proyectos de desarrollo que Abay lleva a cabo en Walmara consiste en apadrinar y becar a aquellos niños que tienen dificultades, y correr con los gastos de su educación y sus problemas de salud. Kalabessa es uno de ellos, y desde este año podrá beneficiarse de una nueva escuela que le ayudará a intentar afrontar mejor este difícil futuro que le espera. Si ser ciego ya es un problema en nuestro entorno, aún lo es más en Etiopía, país en el que la vida de por sí es ya más dura y complicada.

Estoy segura de que será capaz de salir adelante, porque Kalabessa tiene algo especial que le hace diferente al resto. Esa mirada que le sale directamente de su corazón y que provoca que se meta de lleno en el tuyo, y que se convierta así en una de las primeras personas que acuden a tu cabeza cada vez que recuerdas, con añoranza y deseos de volver, tu breve paso por Walmara. El cariño y el afecto que le hemos cogido el grupo de voluntarios que convivimos con él nuestros días de agosto en el Centro Abay, sé que le van a acompañar constantemente y que nos va a hacer estar pendientes de su vida y echarle una mano siempre que tengamos ocasión.

¡Un beso fuerte Kalabessa y mucho ánimo! Te llevamos muy dentro de nosotros.

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El viaje de ASICS a Walmara

Con los ojos abiertos y el corazón bien apretado íbamos llegando primero a Addis y poco después a Gaba.

Iñaki, Paco, Javi y Jesús llegaron unos días antes. Una suerte porque pudieron asistir a la presentación del libro “Addis, Addis” de Carlos Agulló en la Embajada de España en Addis. También se adelantaron llegando a Walmara y empezaron a remangarse para trabajar con el cuerpo y con la mente.

El primer día en Walmara amanecieron antes de que lo hiciera el sol y caminando entre la tierra embarrada y cuarteada que había dejado la tormenta de la noche anterior pusieron rumbo a Tefki, casi 13 kilómetros que comenzaron en la oscuridad para poder llegar a tiempo a un entrenamiento muy especial. Un entrenamiento en el que consistía “solamente” en correr por las calles, un entrenamiento en el que estaban corredores de primera categoría como  Kenenisa Bekele o Tirunesh Dibaba. El objetivo era conocer actividades turísticas próximas a Gaba Kemisa que puedan promoverse asociadas a la visita a Walmara. 

A las pocas horas tanto ellos como nosotros (Carlos y yo, que habíamos llegado la noche anterior a Addis) nos encontraríamos en  “nuestra casa” Abay en Walmara.

Íbamos acompañados por Maier (que pasaría dos días con nosotros), Carlos Agulló y Loreto, su mujer, (que nos acompañarían sólo es día), Engedawork, Eyob y Behailu (que se marcharían esa tarde con Carlos y Loreto).

Bien, pues hechas las presentaciones, retomo. Llegábamos a media mañana. La emoción de volver casi no me dejaba disfrutar del camino. Íbamos cargados hasta los topes y tan apretados que tuvimos que jugar a tetris para poder colocarnos de forma que entrásemos todos.

Salté del todo terrero y al poner los pies en Gaba por un momento todo se paró. Y el sol brilló más si cabía, y el calor me aplastó el cuerpo, y el sonido y el olor de aquella tierra se arremolinaron en mi cabeza y mi alma se llenó de repente. Habíamos llegado a casa.

 La tarde transcurrió agitada entre las explicaciones de los proyectos a Engdawork, Carlos y Loreto, así como las presentaciones a todos los asistentes de Walmara (por supuesto el alcalde entre ellos y el primero) de IRT, del libro de Carlos, del libro de Buna, del Thursday Market, de la entrega de la primera edición de cuentos escritos y dibujados por alumnos de Bacho y de un colegio de España, la proyección del video de IRT y de escuelas canguro…

Y la noche se hizo larga rematando todo lo necesario para la carrera del día siguiente, camisetas, dorsales, listados de inscripciones…

  El calor de la mañana, la emoción, los nervios y la ilusión de nuestra primera carrera allí nos puso en pie a todos muy temprano.

Los corredores se agolpaban a las puertas de centro sin apenas darnos tiempo a buscar sus dorsales y entregarles las camisetas. Tuvimos que multiplicar nuestros esfuerzos y dividir nuestros cuerpos para poder alcanzar las 11 de la mañana y que los participantes se encontraran en la línea de salida para, por fin, y después de un año del trabajo de muchos, viéramos con nuestros propios ojos y sintiéramos en primera persona la I Carrera IRT.

Se hace difícil describir lo que cada uno de los seis sintió. Distribuidos por la carrera, cada uno cumplíamos con nuestra parte de “plan”. Me arriesgo a decir, sin miedo a equivocarme, que sentimos algo parecido a una mezcla de asombro, alegría, emoción,  entusiasmo, orgullo, felicidad, desconcierto… cada uno en mayor o menor medida y enredado con una profunda sensación de conectar más que nunca España con Etiopía.

Con la fiesta y el jaleo de después se fueron aflojando las tensiones de la mañana que acarreábamos cada uno y que nos lo habíamos dicho en silencio con la sonrisa de las miradas.

La tarde no daba tregua y el trabajo nos esperaba, así que le dimos esquinazo al cansancio y proseguimos el día con la energía suficiente para llegar a la noche enteros. Nos habían preparado una cena de bienvenida.

Profesores, monitores, gente del pueblo, el alcalde… la biblioteca se había convertido en el centro de aquellas charlas, risas y multitud de injera por todas partes.

Tras la cena,  nos entregaron  dos preciosos trajes típicos de Oromía y un cuadro con el logo de Abay

 El resto de días en Walmara transcurrieron entre miles de proyectos y actividades en las que cada uno dio lo mejor de sí mismo, no me cabe la menor duda. Desde la revisión de apadrinamientos y el funcionamiento del aula canguro y el aula enlace, la mejora del club de extraescolares, los talleres de hermanamiento y de inglés, la dinamización de la biblioteca, el seguimiento del taller textil, el comienzo de las obras para el proyecto EBA, la contratación de nuevo personal, las múltiples reuniones con profesores, monitores, comité… las revisiones médicas y el apoyo al enfermero, la dotación de nuevo material deportivo, las actividades de gymkana con todos los alumnos de la escuela canguro y aula enlace, las mejoras en las instalaciones y la revisión de éstas…

Era lo mejor de cada día, el no parar, el avanzar, el saber que el tiempo allí cundía por dos y se los esfuerzos de todos se repartían por cada rincón. Y aunque a veces el cansancio quería ganarnos la partida, bastaba una sonrisa o una mirada de un compañero para saber que ya podía darse media vuelta “ese cansancio” porque no tenía nada que hacer.

Aún con el foco estaba puesto en el trabajo, también quedaron tiempos para disfrutar de un paseo todos juntos a las tantas de la madrugada a ver las estrellas bajo el cielo de Gaba Kemisa, tiempo para caminar hasta Tulu Falo Dalecha en busca de un proveedor de miel, tiempo para ir al mercado del jueves y disfrutar de una coca cola caliente, tiempo para fregar los cacharros en aquellos barreños en el patio con la única luz de nuestras linternas, tiempo para hacer una tortilla de patatas en dos tardes, tiempo para unos deliciosos bollos con el café de la mañana acompañados de “¿quieres un malarone?”, tiempo para una partida de ping pong, tiempo para lavar nuestra ropa, tiempo para algunas charlas y bastantes risas.

No podía creerlo, era la última y es que… no quería hacerlo. No podía. No aún, era demasiado pronto. O tal vez no, era justo el momento, pero para mí era muy pronto. Sí, debió ser eso, era muy pronto para mí. Sin embargo… lo hice.

Leí primero a mis compañeros, a cada cual más sincero y más emotivo contando en el precioso libro de Walmara lo que aquellos días habían significado para cada uno. Por fin escribí, no sin dolor en mis palabras pues significaban que nos marchábamos.

Me apresuré a hacer la maleta, queríamos salir temprano después de comer y ya era casi la hora de irnos.

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Las maletas se quedaban con Eshetu que esperaría al coche para encontrarnos en Suba Park al atardecer. El resto saldríamos de Gaba caminando unos 13 kilómetros hasta allí.

Los primeros besos y los primeros abrazos los superé tragando saliva y mirando sin mirar pues si revisaba cada esquina iba a volverme loca y a agarrarme a la puerta como una niña pequeña gritando “no me quiero ir”. Abonesh fue de la última de quien me despedí y ya no pude evitarlo. Mi pecho me presionó con fuerza y mi corazón lloró primero, detrás fueron mis ojos.

Durante unos minutos me quedé la última en el camino a Suba, necesitaba que esas lágrimas se marcharan rápido y me dejaran disfrutar del recorrido a pie que nos esperaba.

Amenazaba con llover y con oscurecer antes de nuestra llegada así que aceleramos el paso por aquel camino de tierra bastante poco amable. Sin embargo, las vistas de cada paso merecían la pena y nos dejaban perplejos a cada minuto.

Las risas y las bromas no cesaron durante todo el camino, era sin duda un regalo, no se podía tener mejores compañeros de viaje. Y no podían acabarse mejor esos días que con aquel viaje a Suba.

Queríamos conocer el camino y el lugar como posible recomendación a los futuros voluntarios que llegaran a Walmara.

Nada más llegar, el cielo se cerró y oscureció de golpe. Una fuerte tormenta había comenzado a arreciar.

 El último día de nuestro viaje lo pasaríamos en Addis, recorriendo las tiendas y mezclándonos en bullicio de Merkato para comparar artesanías. Y lo remataríamos por la tarde con nuestra última reunión para seguir valorando proyectos de colaboración.

Casi entrada la noche abandonábamos Addis. Empezaba nuestro viaje retorno. Las caras de todos denotaban cuánto dejábamos en aquella tierra querida.  Y las sonrisas compartidas hablaban de lo que nos costaría la despedida.

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 Las voces mudas despiertan en Gaba

el tímido sol se atreve a salir

la luna no quiere esconderse

por miedo a sentirse morir

 

No se acordó de vosotros

¿quién sabe que estáis ahí?

 

La tierra rojiza se deja empapar

el viento calmado susurra en oromo

canciones borradas que vuelan despacio

y llegan muy lejos no se sabe cómo

 

No se acordó de vosotros

¿quién sabe que estáis ahí?

 

El sol en lo alto se ha vuelto a llenar

de vivos colores y cálida paz

despierta ya el pueblo entero

y muéstrale al mundo de qué eres capaz

 

 

Y nos marchamos, con los ojos cerrados y el corazón repartido por cada rincón de Gaba Kemisa.

Y llegamos a casa y llegamos a nuestros trabajos y a la rueda que habíamos dejado al marcharnos, y seguía girando… ¿Por qué lo hacía tan deprisa? De un saltó o tal vez de un empujón conseguí subirme al fin.

¿Por qué era tan difícil de explicar cómo era Walmara? ¿Por qué eran tan torpes mis palabras contando lo que habíamos ido a hacer allí? Sonaban huecas las explicaciones y carecían del sentimiento con el que ocurrieron. Daban ganas de decir, lo siento, no te lo puedo contar, tendrás que ir allí y vivirlo tú.

Y entre intento e intento por tratar de explicar recordé que me había dejado el corazón repartido en aquellas sonrisas, en aquellos ojos azabache, en aquella luna, en aquella tierra… tal vez por eso no lo sabía contar…

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