Viajes solidarios Abay Etiopía

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Alamitou,la niña del vestido violeta

Aquel invierno volvía a ser caluroso y la lluvia no se asomaba juguetona desde hacía mucho tiempo.

Sabía que esa mañana no sería como las demás porque el viento canturreaba una tímida nana y olía a eucalipto como nunca.

Alamitou se encontraba junto a la acacia y contemplaba un nido oculto por las viejas ramas. Vestía como de costumbre su único vestido violeta y sus grandes ojos negros estaban tan abiertos como los míos cuando,por primera vez, vi el mar.

Sus pies descalzos mostraban la dureza del camino y su cántaro vacío se apoyaba sobre un montón de teff recién cortada que se acumulaba con desorden en el suelo seco.

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Y entonces sucedió… primero se escuchó un tímido silbidito, dos, tres… y le siguieron varios más. Cinco polluelos luchaban afanados por romper el cascarón que hasta entonces había sido su hogar.

Sonrió emocionada a la fuerte y valiente mamá que acunaba a sus polluelos dándoles calor y la oportunidad de sobrevivir.

Un día, mientras regresaba a casa después de buscar fortuna en la laguna seca, vio a los pequeños abandonar su nido desplegando sus alas con elegancia. Volaron hacia las montañas y se perdieron en la inmensidad de aquel cielo infinito.

Alamitou pensó que su vida se parecía mucho a la de aquellos pajarillos y se convenció a sí misma de que algún día, ella también conseguiría descubrir lo que se ocultaba tras las montañas.

De repente, las nubes se hicieron un guiño y el agua comenzó a caer sobre su piel de ébano, empapando su vestido violeta. Colgó en su espalda el pesado cántaro y orgullosa de ser quien era corrió hacia la escuela.  

Se sentó en un viejo pupitre y con la torpeza que quien da sus primeros pasos en la vida, comenzó a escribir su historia… “Alamitou, la niña del vestido violeta”

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Te cuento Etiopía: Los niños del semáforo

El viejo semáforo de Bahar Dar (Etiopía) ya no sirve para ordenar el tráfico. Sus luces llevan tiempo apagadas. Mucho más tiempo del que sus moradores pueden recordar.

Las funciones de este singular semáforo, localizado en una de las principales intersecciones de la ciudad, son otras. El semáforo será una referencia espacial obligatoria para cualquiera que pregunte por una dirección en el centro de Bahar Dar. Además, el semáforo es el campamento base de un grupo de niños sin hogar.

Entre tres y cinco niños, de edades desconocidas (incluso por ellos mismos), se reúnen todas las noches bajo el minúsculo y mugriento porche de la glorieta en la que se levanta el semáforo. Los niños del semáforo matan el tiempo jugando con cartones y desperdicios, fumando cigarrillos, masticando hojas de khat (planta usada tradicionalmente por sus propiedades estimulantes, entre otras…) y mendigando. En las inmediaciones del semáforo extienden la mano y exclaman –and birr– (un birr, unos 5 céntimos de euro). Cuando llega la noche, ocasionalmente, encienden hogueras con plásticos. Hogueras que impregnan con su característico olor los harapos que cubren sus frágiles cuerpos. El fuego les calienta y les alumbra, pues ni siquiera la luz del semáforo ilumina sus noches.

El semáforo de Bahar Dar - Te cuento Etiopía

Recientemente un niño discapacitado se ha incorporado al grupo del semáforo. Hace gala de su valentía esquivando el tráfico de la avenida adyacente al semáforo, con sendos cartones en las manos y con torpes movimientos. Su intención no es otra que la de integrarse en el jerarquizado grupo. Los reflejos del los conductores han evitado la tragedia. Él ha tardado poco en olvidarse, a los pocos minutos ya dormita agazapado bajo el porche del semáforo. Ya es uno más.

La jerarquía del grupo parece simple, los débiles son la diana de todas las burlas y las últimas piezas en encajar en ese tetris de cuerpos que se forma noche tras noche. Los otros niños de la calle, aquellos que venden chicles y pañuelos de papel, parecen estar muy por encima esta particular pirámide social de la infancia perdida. Los niños del semáforo se agrupan en ocasiones alrededor de los niños de los chicles, escuchando sus consejos, mientras guardan prudencialmente las distancias. Al contrario que los niños del semáforo los niños de los chicles no suelen ir descalzos. Ellos no piden, ellos venden…

El tabaco, el khat y las emanaciones tóxicas procedentes de automóviles y de la combustión de los plásticos no parecen hacer peligrar la integridad física del colectivo del semáforo, al menos a corto plazo. El mayor peligro, con diferencia, es el tráfico rodado que sitia el semáforo. Un tráfico que no es excesivo pero es suficiente para poner en riesgo la vida de aquellos que tienen el asfalto como salón de juegos.

El penetrante aroma a plástico quemado volvió a entrar anoche por las ventanas abiertas de aquel restaurante, a escasos veinte metros de la glorieta del semáforo. No hace falta verlos para saber que siguen ahí.

Texto e imágenes de Jorge Albuixech Martí.

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Imagina Etiopía: Lago Tana

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De todos los lagos etíopes (Abaya, Tana, Chamo, Ziway, etc.) es el mayor, ocupando también el tercer puesto de toda África (tras el Victoria y el Tanganica). Situado a una altitud de 1.8oo mts.. y con una superficie de 3.600 kms2 y profundidad máxima de 14 metros.
Llamado por los griegos (“lago teñido de cobre”) en él confluyen nada menos que 60 ríos. Su acceso es desde la ciudad de Bahar Dar.
Contiene gran cantidad y variedad de especies. En cuanto a peces: perca del Nilo, pez gato,…; ibis, pelícanos, cigüeñas, hipopótamos, cocodrilos y, en las orillas, serpientes pitón y mamba, hienas y leopardos (más raramente).
Hay 37 islas con 20 templos y monasterios cristianos de gran interés, los cuales sirvieron de refugio, ante el avance islámico. Son impresionantes las pinturas del interior, planas de colores vivos, de influencia bizantina. También contienen, manuscritos iluminados, reliquias y otros tesoros antiquísimos.


Fotografía cedida por Pilar Ramos García


Imagina Etiopia y cuéntanos tu relato basado en esta foto en el apartado “Deja un comentario”:

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Mamá, ¿me cuentas Etiopía?

La niña llegó al regazo de su madre y se acurrucó, como tantas otras veces, buscando el refugio y el calor que estaba segura de encontrar. La madre notó el peso del cuerpo de su pequeña que ya apenas cabía entre sus brazos, y le acarició el pelo. Les gustaba estar así, en el silencio del salón, sabiéndose unidas por un vínculo inquebrantable, por un amor sin fronteras.

-Mamá, ¿me cuentas Etiopía?

Abrazó a su hija adivinando sus inquietudes. Sabiendo que sus palabras llenaban un rincón escondido del alma, donde el inconsciente se une al recuerdo. Sonrió y tomó aire lentamente, mientras entornaba los ojos para recordar.

Etiopía es del color del café. Y huele a café recién hecho en yebenas, con la calma que requiere un elixir, con la misma lentitud que se toma la vida en el lugar donde todo nació. La historia de Etiopía es como la vida de una montaña, mirándola se pueden adivinar sus capas, como sustratos que delatan cada paso lento, cada avance. El café que ocupa los campos y les da color se huele en cada esquina y se saborea con paciencia, con reflexión, con frases sabias y milenarias. Tiene el color de los charcos de barro formados por las lluvias de verano; del adobe que levanta los hogares y da cobijo a su gente.

Etiopía es color rojo, como el mar que baña Eritrea, como sus tristes luchas con esa tierra vecina. Y también color naranja como la tierra seca, como el polvo y la paja que cubren a los pastores de cabras y que se te mete en el cuerpo cuando miras el paisaje desde una ventanilla abierta. Naranja como el olor del pan recién hecho, como el teff recogido en sus campos, como el mesob donde se guarda la injera que acompaña el camino y sustenta sus vidas.

Te cuento Etiopía: Mama, cuentame Etiopia

Etiopía es amarillo brillante. Porque está llena de luz. El sol inunda cada rincón con su calidez y brinda a los etíopes energía para levantarse cada día y alegría de vivir. Su alegría se esparce por el aire, por la luz, se te cuela dentro como un espíritu y, sin apenas darte cuenta, empiezas a sonreír y a celebrar la vida de una forma nueva.

Etiopía es verde también, como sus densos oasis salpicados por el paisaje, como sus selvas aún por explorar. Huele a bosques, arbustos, enredaderas. Sabe a pastos frescos, como la fresca sombra de las acacias. Y entre su verdor viven seres inimaginables, animales únicos que se funden con la naturaleza; tan cuidada y respetada desde el principio de los tiempos que apenas ha sufrido cambios.

En el corazón de Etiopía, regio, se alza el lago Tana, de donde brota la magia del Nilo Azul. Porque Etiopía tiene sangre azul. ¿Sabes? En su tierra se esconde un tesoro, bajo el manto, que muy pocos conocen, su secreto mejor guardado: el azul de sus venas es el agua que discurre esperando ver la luz.

En este mismo instante, una niña como tú, con olor a café recién hecho, con los pies cubiertos del polvo naranja del camino, se dirige bajo el sol brillante hacia el pozo del que emana el oro líquido que calma la sed. Lleva en sus manos dos garrafas que le regaló su abuelo. Ahora las garrafas no pesan, cuando regrese a casa sí pesarán. Tiene que apretar fuerte los dedos, y los dientes, para resistir. Pero va contenta, sabe que lleva un tesoro escondido.

Etiopía tiene el azul de su cielo despejado de día y el añil de la noche estrellada donde a veces, si no hay luna, cuando estiras la mano parece que la has perdido en la inmensidad del universo. Si brilla la luna plateada, el añil lo tiñe todo: los campos, las casas de adobe, los caminos de polvo, los árboles… incluso a las personas.”

-¿Y las personas mamá? ¿De qué color son las personas?

La madre mira a su hija del color del café, con las mejillas encendidas por el abrazo. Tiene el naranja de la tierra seca en sus manos y toda la luz del sol en la piel. Su hija que a veces parece añil, como la noche estrellada, y que ya se va durmiendo en su regazo.

“Las personas son del color del lugar que les vio nacer. Y por eso en Etiopía, cuando miras a una persona, ves reflejado el arcoíris.”

La niña miró a su madre, cerró los ojos… Y soñó.

 

Texto e imagen de Ana Calso

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Turismo frente a sequía

Etiopía presume de tener ocho sitios declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco y un Gobierno estable, de ser una nación orgullosa de haber sido el único Estado africano no colonizado, y de sus exportaciones de café y vino del valle del Rift, que constituyen un atractivo turístico. Pero en la actualidad se enfrenta también a una sequía catastrófica, agravada por El Niño, que ha dejado a otros 10,2 millones de ciudadanos —en gran parte agricultores de subsistencia del norte y el este— totalmente dependientes de la ayuda alimentaria de emergencia. Esto viene a sumarse a otros ocho millones de agricultores de subsistencia que ya dependen de esta ayuda, lo cual supone un total de casi el 20% de la población.

El Gobierno ha puesto en marcha una Unidad de Emergencia y Resiliencia ante la Sequía Nacional a la que se han asignado unos 230 millones de birrs etíopes (unos 10 millones de euros) para que los colegios sirvan más comidas con el fin de que los niños dejen de abandonar los estudios para ayudar a sus padres en el campo, salir a buscar alimento o mendigar. Pero ahora el Gobierno también ha empezado a admitir que necesita ayuda. El viceprimer ministro Demeke Mekonnen ha suplicado “socorro inmediato” y ha añadido que las consecuencias de un desastre humanitario no solo serían perjudiciales para Etiopía, sino para “la paz y la estabilidad de toda la región”.

La campaña “El origen de la vida” se centra en los sitios patrimonio de la humanidad de la Unesco, en la naturaleza del parque natural de los montes Simien, y en Lucy, su esqueleto de 3,2 millones de años, actualmente conservado en el Museo Nacional Etíope de Addis Abeba. Además, tienen las delicias del café etíope, el vino del valle del Rift y la cocina típica a base de injera (pan ácimo) y guisos de carne.

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El país espera aumentar el número de visitantes a un millón este año y a tres de aquí a 2020, en buena medida a través de grandes viajes organizados de turistas procedentes de Francia, Alemania, Holanda, Estados Unidos y Japón. Por supuesto, los porfiados turistas que actualmente visitan el país aportan ingresos a través del consumo de comida y bebida, los servicios de guías, la compra de recuerdos, el alojamiento y el transporte. Y el turismo no tiene que estar en competencia, o ser un “juego de suma cero”, con la ayuda humanitaria de emergencia.

Texto: elpaís.com

Fotografías: Pilar Ramos García.

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